El asedio de Platea
El segundo hecho era que la situación interna de Atenas se complicó en el segundo año de la guerra, por una terrible epidemia de peste bubónica que se desencadenó en la capital, superpoblada hasta el extremo. La peste, proveniente de Persia, apareció primeramente en el Pireo y luego en Atenas. El hacinamiento de la población, las condiciones insalubres, la falta de preparación de las autoridades atenienses para recibir y ubicar a los fugitivos del Ática intensificaron la calamidad. «El éxodo desde los campos a la ciudad acrecentaba el sufrimiento de los atenienses, sobre todo el de los propios refugiados. Y como no alcanzaban las casas, y en verano vivían en chozas estrechas y sofocantes, morían en medio del mayor desorden: los moribundos, cual cadáveres, yacían unos sobre otros, o se arrastraban, más muertos que vivos, por las calles y alrededor de las fuentes, atormentados por la sed. Los santuarios en los cuales se habían instalado los asilados, en tiendas, estaban llenos de cadáveres, porque la gente moría allí mismo. La epidemia se prolongó durante dos años, y tras una breve interrupción, durante otro año más. De la enorme mortandad de la población da testimonio el hecho de que de los 27.000 hoplitas habían perecido 4.400 debido a la peste, esto es, un 16 por 100. En el destacamento de hoplitas que fue a Potídea, en el lapso de 40 días murieron unos 1.500 de los 4.000 enviados. La considerable disminución del número de ciudadanos atenienses imposibilitaba a los hoplitas salir al campo de batalla y, simultáneamente, debido a la merma de los remeros, reducía sensiblemente las posibilidades de la armada de cumplir operaciones activas. »
Estas desgracias, que cayeron inesperadamente sobre Atenas, provocaron esenciales variaciones en la relación de fuerzas que componían la ecclesia. Aquella estable mayoría del demos sobre la que se apoyaba Pericles se había reducido en grado muy sensible. Empezaron a intensificar su actividad los oligarcas que aún no habían perdido las esperanzas de llegar a un acuerdo con Esparta; además, los campesinos del Ática, privados de la totalidad de sus bienes, rebosaron de ánimos acerbos contra Pericles, al que acusaban de ser culpable de las desgracias que se habían descargado sobre ellos. Como consecuencia de todo ello, Pericles fue castigado con una gruesa multa en dinero, y al año siguiente ya no se le reeligió como estratega. En agosto del año 430 fueron enviados embajadores atenienses a Esparta, mas las condiciones de paz ofrecidas por ésta eran excesivamente ásperas, y las negociaciones fueron interrumpidas. Y aun cuando al año siguiente los ánimos del demos habían cambiado y Pericles fue nuevamente elegido como estratega, la lucha política en Atenas adquirió formas más agudas y tensas. Después del fallecimiento de Pericles, atacado por la peste (septiembre del 429), el demos ateniense quedó sin su dirigente reconocido. Este hecho agudizó más aún la lucha política en Atenas. Ciertamente, la aristocracia esclavista se abstuvo de intervenir activamente en política, disimulando sus ánimos laconófilos y limitándose a atacar a la democracia esclavista con panfletos calumniosos (del tipo de la Política ateniense seudojenofontiana). En cambio, fueron manifestándose con mayor agudeza las contradicciones en el interior del demos, desarrollándose la lucha entre dos corrientes fundamentales: la moderada, que se apoyaba sobre los grandes esclavistas, encabezados por Nicias, y la radical, que representaba las aspiraciones de los círculos interesados en el mantenimiento y ampliación de la arqué, encabezados por Cleón.
El asedio a Platea
Los primeros años de guerra demostraron la invulnerabilidad militar de Atenas en tierra firma. Los fines directos e inmediatos de las dos primeras campañas contra el Ática, en los años 431 y 430, que se caracterizaron por la destrucción de las viejas plantaciones, habían sido satisfechas en lo fundamental. Pero Atenas seguía siendo igualmente inaccesible para el adversario. Además, la terrible epidemia que agotaba al Ática provocaba serios temores entre los peloponesios. En vista de todas estas circunstancias, los planes militares de Esparta y de sus aliados debieron sufrir algunas variantes. Durante el año 429, sus ejércitos no invadieron al Ática. En los siguientes años de la guerra de Arquídamo, lo hicieron sólo en dos oportunidades: en el año 428, bajo el mando de Arquídamo, limitándose a asolar la rica llanura Triásica; y en el año 427, cuando la expedición al Ática fue primordialmente provocada por el deseo de prestar apoyo a Mitilene, que se había sublevado. A partir de entonces, y a lo largo de 15 años —hasta la misma guerra de Decelia—, el Ática no sufrió ninguna invasión directa del enemigo. Habiendo perdido las esperanzas de derrotar a los atenienses con un solo golpe decisivo, los espartanos fijaron su atención en teatros secundarios de operaciones bélicas, calculando tener éxito siquiera en esos puntos. Uno de ellos era Platea. Esta pequeña polis, si bien estaba rodeada de altas murallas, contaba tan sólo con 400 guerreros capaces de combatir. La importancia de Platea residía en su condición de puesto avanzado ateniense en Beocia, donde constituía una amenaza constante en las vías de comunicación entre Tebas y el ejército peloponesiaco invasor. Los plateos, después de la victoria sobre Jerjes, «gozaban de la protección de todos los helenos», mas siempre se inclinaron por una alianza con Atenas, pues temían una agresión por parte de Tebas. Y precisamente contra esa diminuta polis avanzó en el año 429 el ejército de Arquídamo, compuesto de 60.000 hoplitas.
El asedio de Platea, descrito detalladamente por Tucídides, ofrece gran interés desde el punto de vista técnico militar, por lo cual nos detendremos en él con más minuciosidad. Toda la ciudad fue cercada con una empalizada de madera y un terraplén, que fue elevado ininterrumpidamente durante 70 días y noches para que superara en altura el nivel de las murallas de la ciudad sitiada. Pero los plateos fueron elevando simultáneamente su muralla, paralela a la valla enemiga. Además, los sitiados socavaban constantemente esa valla y llevaban la tierra al interior de la ciudad, de manera que el terraplén perdía altura. Como precaución complementaria, en el interior de la ciudad erigieron otra muralla más. Las tentativas de romper las murallas de Platea por medio de arietes fueron paralizadas con enormes troncos de árboles que eran fijados con cadenas de hierro a la parte superior de las murallas. Los troncos eran proyectados contra los arietes de los sitiadores, rompían sus partes delanteras y eran izados con las cadenas. Viendo la inutilidad de sus tentativas, los peloponesiacos resolvieron desalojar a los plateos a fuerza de humo. Tal recurso tenía probabilidades de éxito, puesto que el área de la ciudad era bastante pequeña. Habiendo llenado de haces de ramaje seco todo el espacio comprendido entre el terraplén y las murallas, los peloponesiacos les prendieron fuego. «Se levantó una llamarada tal, como nadie había visto nunca hasta aquel momento, al menos producida por las manos del hombre.» Pero la casualidad quiso que una lluvia torrencial anulara también este peligro. Inmediatamente después decidieron los peloponesiacos levantar baluartes de asedio en torno a Platea, dejando en ellos una guarnición para continuar el sitio; todo el resto del ejército fue licenciado y hecho regresar a sus casas. Fueron sitiados 400 plateos, 80 atenienses y 110 mujeres, que se habían quedado en la ciudad voluntariamente. Todos los esclavos fueron evacuados de Platea, al parecer para evitar una posible traición. Los ancianos, los niños y la mayor parte de las mujeres habían sido anteriormente trasladados a Atenas. Así y todo, debió pasar mucho tiempo aún antes de que los peloponesiacos pudieran apoderarse de la ciudad, valientemente defendida.
En el invierno, la mitad de la guarnición sitiada, unos 220 hombres, aprovechando el mal tiempo, hicieron una salida empleando escaleras preparadas de antemano. Subieron las murallas y, dando muerte, protegidos por la oscuridad de la noche, a un considerable número de sitiadores, se abrieron camino, primero a Tebas y luego hacia Atenas, adonde llegaron sanos y salvos. En pleno verano del quinto año de la guerra, tras un asedio de dos años, los 200 plateos y 25 atenienses que habían quedado en la ciudad se rindieron a los lacedemonios y fueron ejecutados sin excepción, siendo las mujeres vendidas como esclavas. La ciudad fue literalmente arrasada —llevada a ras del suelo— por los espartanos. El asedio de Platea pone en evidencia la imperfección de la técnica de asedio que se practicaba en aquel tiempo, e ilustra mejor aún la total inaccesibilidad, para el ejército peloponesiaco, de Atenas, que poseía al Pireo. La prolongada defensa de Platea volvió a demostrar convincentemente que la estrategia de la Liga del Peloponeso se encontraba en un callejón sin salida.